Indudablemente hay muchas preguntas que nos hacemos como seres humanos. Y quizás una de las más antiguas es ¿por qué permite Dios el sufrimiento? Muy en lo profundo de nuestro ser anhelamos respuestas al inmenso problema del sufrimiento. E incluso nos hemos cuestionado en más de una ocasión por qué a la gente buena le pasan cosas malas, y a la gente mala le pasan cosas buenas. Y al parecer las respuestas siguen ocultas a nuestro entendimiento. Ante tal situación, algunos han optado por negar la existencia de Dios, pues no pueden imaginar a un Dios amoroso que permite la desgracia en sus creaturas. Otros creen que Dios existe pero no quieren nada con Él porque no creen que pueda ser bueno. Y hay quienes se cuestionan ¿Acaso Dios no me ama? ¿Por qué yo y no otros? ¿Dónde está Dios? Si Dios es bueno ¿Por qué tanta tragedia?
Esta misma pregunta la hizo un hombre que la Palabra de Dios lo presenta como justo, y que, sin embargo, fue víctima de grandes reveces económicos, familiares y personales. Este hombre llamado Job, habló a Dios y le dijo: “Hazme entender por qué contiendes conmigo. ¿Te parece bien que oprimas, que deseches la obra de tus manos, y que favorezcas los designios de los impíos?
El sufrimiento que muchas veces experimentamos, y el dolor que percibimos en los demás, nos indican que la desgracia no distingue raza, ni condición social, ni religión, ni títulos.
Ahora, pensemos por un momento, cuando enfermamos o sufrimos una quebradura de huesos, o el desgarre de un ligamento, o cuando aparece ese terrible dolor en la boca del estómago que nos advierte de una úlcera perforándolo. Bueno, por más que no nos agrade el dolor, tenemos que reconocer que muchas veces tiene un buen propósito, nos advierte que algo no anda bien. Nos damos cuenta que el problema no es el dolor, sino su causa.
Lo mismo sucede con el sufrimiento. El mismo nos indica que algo no anda del todo bien. Algo está mal en el mundo. Algo anda mal con las creaturas de Dios. E inclusive podemos pensar que algo anda mal en mí. Siendo sinceros tenemos que reconocer que la raíz del sufrimiento la encontramos en nuestra osadía de habernos alejado de Dios. Pues ante el sufrimiento muchos optan por alejarse de Dios, mientras que a otros, cansados del dolor y la agonía, el sufrimiento los acerca más a Él, aceptando la invitación de Jesús que dice: “Venid a mí todos los que estáis cargados y cansados y yo os haré descansar” (Mateo 11:28) Además nuestro Señor dice en 2 Corintios 12:9 “…bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad”
En cierta ocasión escuché a alguien decir: “Sin dolor no hay ganador” Y nos podemos preguntar ¿Ganamos realmente al experimentar dolor? Veamos qué dice la Palabra de Dios al respecto en Romanos 5:3-4 “…también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia, y la paciencia prueba; y la prueba esperanza” Entendemos claramente no que nos gocemos morbosamente del dolor en sí, sino más bien, en el resultado final que traerá el mismo…ESPERANZA.
Y el apóstol Santiago escribió: “Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia. Mas y tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna” (Santiago 1:2-4)
A la luz de la Palabra de Dios, vemos como los resultados buenos y dignos de mencionar son una perseverancia paciente, un carácter y una fe maduros, pero sobre todo esperanza.
Algo muy digno de mencionar es que lo mejor de todo es que, en medio del dolor no estamos solos, Jesucristo dice en Mateo 28:20b “…y he aquí yo estoy con vosotros todos los días…” Esto quiere decir, los días buenos y los día malos. Créalo estimado lector, Jesús siempre está ahí. Y no solamente está ahí, también ha cargado sobre sí nuestros dolores y sus causas, mire lo que dice en Isaías 53:4 “Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores…” Es bueno reconocer que Cristo llevó en la cruz todo dolor y sufrimiento que podamos experimentar en ese mundo. Acerquemos pues confiadamente al trono de su gracia para encontrar el consuelo, la fortaleza y la esperanza que necesitemos en tiempos de tribulación.

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